El último minuto de la lavadora y de tu proyecto
Por Anna Marra

Seguro que te ha pasado en tu tiempo libre. Pones la lavadora, miras el tiempo y ves que falta un minuto. Así que te quedas cerca, esperando, porque no te conviene irte. Total, es un minuto. Pero esperas y sigues esperando. Ese minuto en realidad dura tres minutos, cinco minutos, a veces parece eterno.

 

Te quedas con una sensación clara: el final no llega cuando lo anuncian, sino cuando le toca.

 

En los proyectos legales ocurre algo muy parecido.

 

Trabajas durante semanas o meses con un cierto ritmo. Hay urgencias, decisiones, avances. Todo más o menos fluye. De repente llega el final, ese momento en el que, en teoría, todo debería cerrarse. Pero no. Aparecen últimos comentarios, ajustes “menores”, versiones finales que no son tan finales y decisiones que se habían pospuesto. Ese “último minuto” del proyecto se alarga sin remedio, y te acercas a la deadline aprovechando de hasta el último segundo. Ya Parkinson decía que tenemos la tendencia a ocupar todo el tiempo disponible.

 

Hay una idea que escucho mucho: “dirigir un proyecto es complejo”. Lo es. Pero hay algo que se dice menos: cerrar un proyecto también lo es. De hecho, hay una paradoja que dice que cuesta un 90% dirigirlo y el otro 90% cerrarlo.

 

Aquí es donde vuelve la lavadora. Yo no lo sabía, así que he preguntado a ChatGPT si era normal que una lavadora tardara tanto en su último minuto. Parece que ese “último minuto” no es un minuto exacto, sino una estimación. Al final del ciclo pasan cosas que hacen que se alargue. La máquina revisa, ajusta, corrige. Mira si la ropa está bien aclarada, si queda jabón, si el tambor está equilibrado. Si algo no está como debería, añade un poco más de tiempo. Un aclarado extra, un centrifugado más largo o un pequeño reajuste. Si la carga está descompensada, baja la velocidad, intenta recolocarla y vuelve a intentarlo. A veces ese “último minuto” se repite varias veces. Incluso algo tan simple como vaciar el agua no siempre tarda lo mismo: depende de la cantidad, de la presión o de la instalación. Además, las lavadoras modernas ya no siguen un tiempo fijo. Se adaptan en tiempo real, así que podemos poner el corazón en paz porque ese “1 minuto” en realidad quiere decir: queda poco, pero puede variar.

 

Aunque parezca un ejemplo poco noble, en realidad nos enseña algo importante: el ciclo no se alarga por error. Más bien se alarga porque está intentando terminar bien y no solo terminar rápido

 

Hasta aquí, la metáfora es bonita. Pero cuidado, porque en los proyectos legales, ese último minuto no siempre es como el de la lavadora, es decir, un ajuste técnico. A veces es otra cosa.

 

Cerrar un asunto no es solo una tarea operativa. En realidad, es una decisión que quiere decir algo potente: “esto es suficiente”, “esto es lo que entregamos”. Aunque no lo verbalicemos así, la decisión es definitiva y pesa.

 

El cerebro odia el riesgo y cerrar es arriesgar. Cuando cierras un asunto, el cerebro piensa: ¿Hay un posible error? ¿Lo he hecho todo bien? ¿Y si me he equivocado? ¿Hay posibles críticas? ¿Consecuencia negativa? ¿Qué dirá el cliente?

 

Sin querer, se activa la amígdala, nuestro sistema de alerta. Resultado previsible: dudas, necesidad de revisar otra vez, microajustes constantes.

 

Se añade a eso la trampa del “puedo mejorar un poco más”. Nuestro cerebro busca perfección porque anticipa escenarios futuros, imagina “y si…”: “y si el cliente pregunta esto…”, “y si falta algo…”, “y si añadimos este matiz…”, “y si afinamos esto”, etc. Es cuando se activa el córtex prefrontal en modo simulación constante, así que lo hecho nunca parece suficiente.

 

No es todo. Durante un proyecto has tomado decenas (o cientos) de decisiones. Hablamos de fatiga mental, porque el cerebro al final está cansado, baja la calidad de decisión y aumenta la evitación. Ocurre que pospones el cierre sin darte cuenta.

 

Esto a pesar de que quieras cerrar. De hecho, hay un efecto, que se llama Efecto Zeigarnik, que nos dice que lo inacabado pesa más. ¿Entonces por qué no lo hacemos? Básicamente porque mantener abierto un asunto nos da sensación de control.

 

Además, el cierre elimina opcionalidad. Mientras el asunto está abierto, todo es posible, pero cuando lo cierras, estás eligiendo una versión y descartas otras. Tu cerebro sufre porque perder opciones es como perder seguridad. Y nuevamente te resistes al cierre.

 

A todo eso se suma el miedo a la evaluación. Cerrar implica exposición: el cliente lo verá, el equipo lo juzgará, tú mismo lo evaluarás. Esto activa circuitos sociales del cerebro (muy potentes) con el resultado “mejor reviso una última vez” y, por supuesto, más retraso.

 

Por eso, muchas veces, ese último minuto se alarga no porque el proyecto sea complejo, sino porque cerrarlo es incómodo.

 

Entonces, ¿qué hacemos? No mucho más de lo que hace una buena lavadora.

 

Hay un pequeño secreto que quizás te puede ayudar: el cierre no ocurre en el último minuto, sino que se construye desde el principio. Definir bien qué significa “terminado”, acordar entregables claros, poner límites al alcance o identificar decisiones clave antes del final nos ayudará después a cerrar bien el proyecto, sin pretensión de dejarlo perfecto, y apostando por dejarlo suficientemente bueno y alineado.

 

Si no, el proyecto nunca termina y seguimos ahí, mirando el minuto que no se acaba.

 

Hay que encontrar la capacidad y la serenidad de decir: “hasta aquí” en el momento correcto y no cuando ya te faltan las fuerzas y te vence por cansancio.

 

Cuando te quedes frente a la lavadora esperando ese último minuto, ya sabes qué hacer.

 

 

Opinión

De desbloquear capacidad a demostrar valor real: el verdadero desafío del área legal corporativa en 2026
Por Rodrigo Hermida
Thomson Reuters
detrás del traje
Nos apoyan