En los últimos años, en el mundo de la banca privada y de la planificación patrimonial, la referencia a los llamados family offices ha pasado a ser un lugar común. Sin embargo, no siempre tenemos claro de qué estamos hablando. Para abordar tal desafío, hemos invitado a la Dra. Nataline Steinbruch -especialista en el tema y ella misma integrante de un family office-, cuya colaboración agradecemos, y cuyo análisis se recoge seguidamente.
Muchas familias construyen su patrimonio durante décadas. Lo hacen a través de inversiones inmobiliarias, cuentas bancarias en distintos países, asesores fiscales, abogados, bancos, sociedades y estructuras internacionales. Cada pieza, individualmente, puede estar bien pensada. El problema aparece cuando nadie está mirando el conjunto.
En nuestro trabajo vemos con frecuencia familias con patrimonios relevantes, sólidos y bien construidos, pero organizados de forma fragmentada. Diferentes bancos administran los activos. Los asesores trabajan de manera separada. Las estructuras se crean en momentos diferentes y responden a necesidades específicas de cada etapa. Con el tiempo, comienzan a aparecer ineficiencias: la familia no tiene una visión clara de su patrimonio consolidado, no sabe exactamente cuánto tiene, dónde está, o cómo se relacionan sus estructuras. Falta el médico de cabecera que aporte una visión global, que comprenda cómo está construido el patrimonio, cuáles son sus puntos sensibles, dónde radican sus riesgos ocultos y qué cosas dependen excesivamente de una sola persona. ¿Qué pasa si quien centraliza toda la información no está? ¿Qué sucede si una familia necesita tomar decisiones urgentes y nadie entiende completamente cómo está organizada la estructura patrimonial? ¿Quién coordina a los distintos bancos, contadores, abogados y asesores?
Un Family Office es bastante más que una estructura para administrar inversiones. Cuando el patrimonio crece, el desafío deja de ser únicamente financiero. Pasa a ser también operativo, humano, fiscal, sucesorio y estratégico. Eso implica integrar y coordinar distintas áreas: inversiones, planificación fiscal, estructuras societarias, sucesión, liquidez, riesgos, documentación y gobierno familiar. Pero también implica gestionar personas y profesionales.
Un Family Office eficiente no reemplaza al abogado, ni al contador ni a los distintos especialistas que acompañan a una familia. Por el contrario, trabaja junto a ellos, ayudando a integrar visiones, ordenar información y conectar decisiones que muchas veces se toman por separado.
Gran parte de su valor radica justamente en esa articulación: lograr que la estrategia fiscal conecte con la estructura societaria, que las inversiones estén alineadas con los objetivos familiares y que las decisiones jurídicas, financieras y patrimoniales no avancen en direcciones distintas.
Porque en patrimonios complejos, el desafío no suele ser la falta de buenos profesionales, sino lograr que todas las piezas funcionen de manera coordinada.
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