Los abogados trabajan con procesos y muchas veces no lo saben
Por Anna Marra

Un abogado abre un nuevo asunto. Recibe documentación del cliente. Busca un precedente. Prepara un contrato. Lo envía a revisión. Incorpora comentarios. Solicita una aprobación. Envía el documento a firma. Registra sus horas. Emite una factura. Prepara un informe para el cliente.

 

Todo esto son procesos.

 

Sin embargo, si preguntamos a muchos abogados cuáles son los procesos de su despacho o de su asesoría jurídica, probablemente no resulte tan sencillo identificarlos.

 

Los abogados estamos acostumbrados a pensar en asuntos, expedientes, tareas, plazos y entregables, pero bastante menos en procesos. Y eso tiene una consecuencia importante: es difícil mejorar algo que no somos capaces de ver como un proceso.

 

Un proceso no es burocracia

 

Quizás parte del problema esté en la propia palabra.

 

Cuando hablamos de procesos, algunas personas imaginan procedimientos rígidos, manuales, diagramas interminables o burocracia. Pero un proceso es algo mucho más sencillo: una secuencia de actividades que transforma una entrada en un resultado.

 

Una solicitud de un cliente entra y termina convertida en un contrato revisado. Una consulta del negocio entra en el departamento jurídico y termina en una respuesta. Un asunto finalizado genera una factura que finalmente debe cobrarse.

 

Hay procesos administrativos y hay procesos jurídicos. Y ambos pueden estar bien o mal diseñados.

 

El problema aparece cuando hemos repetido una determinada forma de trabajar durante tanto tiempo que dejamos de preguntarnos si tiene sentido.

 

Cinco emails para conseguir una aprobación.

 

Un dato que introducimos manualmente en dos sistemas diferentes.

 

Tres personas revisando algo que podría revisar una.

 

Un abogado senior realizando una tarea que podría asumir otro perfil.

 

Un contrato que pasa innecesariamente por seis manos.

 

Un informe que reconstruimos cada mes desde cero.

 

Una reunión semanal cuya principal finalidad es averiguar en qué punto están los asuntos.

 

Una búsqueda de veinte minutos para encontrar la última versión de un documento.

 

Todo esto consume tiempo. Y el tiempo cuesta dinero.

 

El coste invisible de trabajar mal

 

Los datos publicados por 8am en su 2026 Admin Misery Index ayudan a dimensionar el problema.

 

Tras encuestar a 400 profesionales del sector legal —abogados, paralegales y profesionales de Legal Operations—, 8am encontró que casi el 40% estima perder cuatro o más horas de trabajo facturable cada semana debido a tareas administrativas.

 

Dos tercios reconocen que el trabajo administrativo interfiere en ocasiones con sus responsabilidades principales y un 78% considera que ha limitado su capacidad para aceptar nuevos clientes o hacer crecer su práctica.

 

El impacto llega directamente a la cuenta de resultados: un 26% estima que el trabajo administrativo supone para su firma al menos 10.000 dólares mensuales en ingresos perdidos.

 

8am utiliza una expresión interesante para describirlo: un “impuesto oculto” sobre el trabajo profesional.

 

Pero aquí conviene hacer una precisión.

 

El problema no es la actividad administrativa

 

Registrar horas, facturar, cobrar, gestionar información, organizar agendas o abrir y cerrar asuntos no son actividades inútiles. Al contrario: son necesarias para que una organización jurídica funcione.

 

La pregunta es cómo las estamos haciendo.

 

Una actividad necesaria puede ejecutarse mediante un proceso eficiente o mediante uno extraordinariamente ineficiente.

 

Por eso, quizás no deberíamos concluir que el trabajo administrativo nos hace perder cuatro horas semanales. La pregunta más interesante sería:

 

¿Cuánto de ese tiempo se pierde realmente por la forma en la que hemos diseñado —o no diseñado— nuestros procesos administrativos?

 

Porque no es lo mismo dedicar tiempo a una actividad necesaria que perder tiempo debido a duplicidades, esperas, errores, retrabajo, falta de información, demasiadas aprobaciones o una mala asignación de responsabilidades.

 

Y aquí está, en mi opinión, la parte más importante: exactamente lo mismo ocurre con el trabajo jurídico.

 

Los procesos jurídicos también pueden ser ineficientes

 

Sería un error pensar que optimizar procesos consiste únicamente en automatizar facturas, registrar horas automáticamente o mejorar la agenda.

 

También existe desperdicio en el corazón del trabajo jurídico.

 

Pensemos en la revisión de un contrato.

 

¿Cuántas personas intervienen? ¿En qué orden? ¿Qué información necesitan? ¿Cuántas veces se revisa el mismo contenido? ¿Qué cuestiones requieren realmente intervención de un abogado senior? ¿Cuánto tiempo permanece el documento esperando entre una actividad y otra? ¿Cómo se incorporan los comentarios del cliente? ¿Cuántas veces vuelve hacia atrás? ¿Qué partes podrían estandarizarse?

 

O pensemos en un litigio, una operación de M&A, una investigación interna, una due diligence, una consulta recurrente del negocio o la gestión de reclamaciones.

 

Detrás de cada servicio jurídico existe una sucesión de actividades, decisiones, personas, información y recursos.

 

Es decir, existe un proceso, aunque nunca lo hayamos diseñado como tal.

 

Y un proceso que nunca hemos observado probablemente contenga ineficiencias que hemos terminado considerando normales.

 

La IA no arregla automáticamente un mal proceso

 

Los propios datos de 8am muestran que los profesionales ven en la inteligencia artificial una posible solución. El 42% utilizaría IA para reducir o eliminar el tiempo dedicado al registro de horas; el 36%, para facturación; y el 33%, para gestionar agendas y calendarios.

 

Tiene sentido.

 

Pero existe un riesgo: utilizar tecnología para acelerar un proceso que sigue estando mal diseñado.

 

Automatizar una actividad innecesaria no hace que deje de ser innecesaria. Conseguimos hacer más rápido algo que quizás no deberíamos estar haciendo.

 

Por eso, no se tra de preguntarse “¿qué podemos automatizar con IA?”, sino “¿Cómo estamos trabajando y por qué lo hacemos así?”. Mapear un proceso permite precisamente hacerlo visible. Nos obliga a identificar quién hace qué, cuándo, con qué información, durante cuánto tiempo y para producir qué resultado.

 

Y entonces empiezan a aparecer preguntas: cuando antes toda la ineficiencia se normalizaba y no se cuestionaba:

 

¿Por qué hacemos esto?

 

¿Por qué lo hacemos dos veces?

 

¿Por qué tiene que aprobarlo esta persona?

 

¿Por qué interviene aquí un abogado senior?

 

¿Por qué esta información se introduce manualmente si ya existe?

 

¿Por qué este documento espera tres días antes de pasar a la siguiente fase?

 

¿Esta actividad aporta realmente valor al cliente?

 

Antes de transformar, hay que aprender a mirar

 

La mejora de procesos no empieza con una herramienta. Ni siquiera empieza con Lean, automatización o inteligencia artificial.

 

Empieza desarrollando la capacidad de ver cómo trabajamos. Cuando empezamos a observar nuestro trabajo como un conjunto de procesos, descubrimos que muchas de las ineficiencias que nos quitan tiempo todos los días no son inevitables. Simplemente nos hemos acostumbrado a ellas.

 

 

 

 

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