¿Cómo prevenir conflictos legales que ya le cuestan dinero a la empresa?
Por Guido Augusto Redelico (*)
elDial.com

Existe una idea bastante extendida en el mundo de los negocios: que un problema legal empieza a costar dinero cuando llega la primera cédula de notificación o cuando hay que contratar a un abogado para contestar una demanda.

 

Hasta ese momento, muchos empresarios y directivos sienten que la situación “se va manejando”.

 

Sin embargo, la experiencia demuestra algo diferente. Buena parte del dinero y del valor que una empresa pierde como consecuencia de un conflicto no desaparece en un juzgado, sino durante los meses anteriores, mientras el problema crece sin una estrategia clara.

 

Ese costo previo al juicio -que podríamos llamar costo pre litigioso- suele pasar inadvertido. No siempre aparece identificado en un balance o en una factura, pero afecta el tiempo de los directivos, paraliza decisiones comerciales, inmoviliza recursos y, muchas veces, debilita la posición jurídica de la empresa.

 

La sangría silenciosa: ¿dónde se pierde dinero antes del juicio?

 

Un conflicto comercial rara vez explota de un día para otro. Por lo general, atraviesa una etapa previa de reclamos, reuniones informales, llamados telefónicos, mensajes y negociaciones que se prolongan más de lo razonable. Cuando esa etapa se gestiona de manera reactiva, la empresa empieza a asumir tres costos concretos.

 

1.  El tiempo de quienes deben hacer crecer el negocio.

 

Uno de los recursos más valiosos de una empresa es el tiempo de sus dueños y gerentes. Cuando aparece un problema con un cliente, un proveedor, un socio o un empleado jerárquico, es habitual que la alta dirección se involucre personalmente.

 

 

 

El problema comienza cuando esa intervención deja de ser puntual y se transforma en semanas de reuniones, llamados y discusiones internas. En lugar de vender, conseguir nuevos clientes, mejorar procesos o planificar inversiones, los responsables del negocio quedan ocupados apagando incendios.

 

Ese tiempo perdido no figura en ninguna factura, pero tiene un costo real. En determinadas situaciones, incluso puede resultar más caro que los honorarios del eventual juicio.

 

2.  Las comunicaciones que debilitan la posición de la empresa.

 

En las semanas previas a que un conflicto se consolide, suele aparecer la necesidad de “arreglar las cosas de buena fe”. Con esa intención se envían correos electrónicos, mensajes de WhatsApp o propuestas redactadas sin medir sus posibles consecuencias.

 

Mientras una parte intenta recomponer la relación, la otra puede comenzar a documentar cada intercambio con vistas a un futuro reclamo.

 

Una explicación innecesaria, una admisión poco clara o una promesa que después no puede cumplirse pueden transformarse en prueba. Así, por no frenar a tiempo y ordenar la comunicación, la empresa termina debilitando su posición antes de que exista siquiera un expediente judicial.

 

No se trata de dejar de hablar ni de judicializar cada diferencia. Se trata de saber qué decir, quién debe decirlo y con qué objetivo.

 

3.  El dinero inmovilizado por la incertidumbre

 

Un conflicto no resuelto también paraliza decisiones.

 

Puede tratarse de un pago retenido, una inversión suspendida, mercadería que no se entrega, un contrato que nadie se anima a terminar o un proyecto que queda pendiente hasta “ver qué pasa”.

 

Ese capital inmovilizado pierde valor y le quita oxígeno a la operación cotidiana, aunque todavía no haya ninguna demanda presentada. Cuanto más se prolonga la indefinición, mayor es el costo financiero y operativo para la empresa.

 

Del abogado “bombero” a una prevención útil.

 

El modelo del abogado al que se llama únicamente cuando el conflicto ya está instalado resulta caro e ineficiente.

 

La gestión de riesgos legales no consiste en llenar planillas interminables, redactar informes que nadie lee ni utilizar expresiones incomprensibles. Consiste en identificar un problema a tiempo, medir su impacto y darle a la dirección información concreta para tomar una decisión.

 

En ese proceso hay dos cuestiones especialmente importantes.

 

Saber cuándo conviene detenerse. No todos los reclamos deben terminar en juicio, pero tampoco toda negociación merece prolongarse indefinidamente. Un diagnóstico temprano permite determinar si existe una salida razonable o si continuar negociando sólo posterga el conflicto y aumenta la pérdida.

 

Integrar criterios dentro de la empresa. Ventas, finanzas, operaciones y legales deben trabajar sobre un mismo diagnóstico. Cuando cada área persigue un objetivo diferente, la empresa puede cerrar un acuerdo comercial mientras abre, sin advertirlo, un frente jurídico.

 

El abogado corporativo no debería limitarse a explicar qué dice una norma o qué podría resolver un juez. Su función también consiste en comprender cómo gana dinero la empresa, qué decisiones necesita tomar y qué riesgos está en condiciones de asumir.

 

Tres medidas simples para proteger el negocio.

 

 No todas las empresas necesitan estructuras complejas de control. En muchos casos, tres medidas básicas permiten evitar pérdidas relevantes.

 

1.  Mirar la puerta de salida antes de firmar.

 

 Al revisar un contrato, suele prestarse mucha atención al precio, al plazo y a las obligaciones principales. Sin embargo, se dedica bastante menos tiempo a definir qué sucederá si la relación no funciona.

 

Muchos litigios extensos nacen de contratos que regulan con detalle el comienzo del vínculo, pero dicen poco sobre su terminación.

 

Antes de firmar conviene establecer con claridad cómo puede rescindirse el contrato, qué ocurre con los pagos pendientes, cómo se restituyen bienes o información y qué mecanismo se utilizará para resolver una diferencia.

 

Pensar la salida cuando la relación recién empieza no es pesimismo. Es gestión.

 

2.  Cuidar lo que se escribe cuando aparece la tensión.

 

Cuando existe un reclamo, conviene evitar respuestas impulsivas o contradictorias. Un mensaje escrito en pocos minutos puede permanecer durante años y convertirse en una de las principales pruebas de un juicio.

 

Esto no significa que cada correo deba ser redactado por un abogado. Significa que, cuando el conflicto adquiere cierta gravedad, la comunicación debe responder a una estrategia y no al enojo del momento.

 

3.  Pedir un diagnóstico antes de tomar una medida drástica.

 

Antes de dejar de pagarle a un proveedor, suspender un servicio, terminar un contrato o realizar una intimación, es importante conocer las consecuencias jurídicas y comerciales de esa decisión.

 

Una consulta temprana no siempre evita el conflicto. Pero permite saber dónde está parada la empresa, cuáles son sus alternativas y cuánto puede costar cada una.

 

Conclusión.

 

Ganar un juicio después de cinco o siete años de litigio y desgaste rara vez constituye un festejo completo. Puede obtenerse una sentencia favorable y, aun así, haber perdido tiempo, oportunidades comerciales, relaciones estratégicas y recursos difíciles de recuperar.

 

El verdadero éxito de una estrategia legal consiste en ordenar el negocio para reducir la posibilidad de una demanda y, cuando el conflicto resulta inevitable, llegar a esa instancia con una posición sólida y una decisión consciente.

 

Prevenir un problema legal no es vivir a la defensiva. Es cuidar el tiempo, la caja y la capacidad de decisión de la empresa.

 

Cuando la alta dirección entiende esa diferencia, los conflictos dejan de ser incendios inesperados y se convierten en riesgos que se pueden identificar, medir y gestionar.

 

 

Citas

(*) Abogado (UBA). Especialista en Derecho Procesal Civil (UBA). Diplomado en Corporate Lawyer (UCEMA). Asesor jurídico de empresas Pymes y Fintechs. Fractional CLO y abogado corporativo con experiencia en derecho empresarial, litigios estratégicos, contratos y gobierno corporativo. Socio en Redelico & Gorla Abogados.

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