El lobby no es una mala palabra
Por Carlos Rozen
BDO

Imaginemos la siguiente situación. Usted es un vecino de Lanús que hoy se levantó con una inquietud interesante: quiere convencer al Congreso de cambiar una ley que perjudica a los almaceneros del barrio (donde usted suele hacer la mayoría de sus compras). ¿Qué decisión puede tomar? ¿Hará un posteo en “X”? ¿Va al Congreso y golpea la puerta? Tal vez haya una mejor idea: aprenda a hacer lobby. Si, una práctica tan vieja como la política misma, y tan mal vista como los impuestos.

 

Resulta interesante desandar el origen del término "lobby", que viene, literalmente, del vestíbulo del hotel donde el presidente Grant fumaba sus cigarros y los ciudadanos lo acorralaban para pedirle favores, y llega hasta la inteligencia artificial y los influencers digitales como nuevas herramientas (o si se quiere armas) de presión política.

 

El argumento central es tan incómodo como necesario. En esencia, en Argentina el lobby existe, siempre existió, y el problema no es su existencia sino su tonalidad opaca. Cuando no hay reglas claras, ganan los que tienen más contactos, más plata y menos escrúpulos. La experiencia en el mundo nos enseña que la solución no es prohibirlo, como si eso fuera posible, sino regularlo, transparentarlo y, fundamentalmente, democratizarlo.

 

Hay una distinción que no me canso de destacar: lobby no es corrupción. Un médico que ejerce medicina ilegal no invalida la medicina, un mal abogado no habla de la como es la abogacía, y un lobista corrupto no debería entonces invalidar el lobby. La diferencia entre pagar una coima y presentar un informe técnico ante un legislador es la misma que entre robar y trabajar: ambos buscan dinero, pero solo uno es legítimo.

 

América Latina es un espejo incómodo. Brasil, Chile, Colombia y México ya avanzaron o avanzan en marcos regulatorios para la representación de intereses. Argentina, en cambio, sigue navegando en la zona gris: hay Ley de Ética Pública, hay proyectos de legislación -al menos son los que me han llegado hasta la fecha- pero no hay todavía un régimen claro que obligue a registrar quién habla con quién en los pasillos del poder.

 

Lo paradójico es que esa opacidad no reduce el lobby, peor aún, lo protege. Mientras no haya registro público, muchos importantes grupos de interés operan en la oscuridad y las organizaciones más pequeñas ni saben que pueden jugar el mismo juego. La regulación, contra toda intuición e imaginario popular, no es una amenaza para el ciudadano, sino que puede ser su única oportunidad de competir.

 

Un sistema de gestión digital que cruzaría en tiempo real las declaraciones de lobistas y funcionarios detectaría inconsistencias automáticamente y publicaría los datos en formato abierto para que cualquier periodista o investigador pueda analizarlos. No es ciencia ficción: es tecnología disponible hoy.

 

Tres casos históricos merecen mención especial a la hora de comprender de qué estamos hablando cuando hablamos de lobby:

 

La lucha antitabaco: organizaciones de salud pública lograron revertir décadas de lobby millonario de las tabacaleras. Restricciones publicitarias, espacios sin humo, etiquetas de advertencia; y todo eso existió porque alguien aprendió a hacer lobby con mejores datos y más paciencia que el rival, no porque tuviera más dinero.

 

El movimiento ambientalista: en los años 60 eran algunos pocos hippies marginales. Hoy tienen asiento en los foros internacionales, acceso a ministros y leyes contra el greenwashing en media Europa y EE.UU. Décadas de lobby silencioso, coaliciones inusuales entre ecologistas y empresarios, y mensajes adaptados para cada interlocutor.

 

Los derechos civiles en Estados Unidos: Martin Luther King combinó movilización masiva con lobby legislativo directo, litigio estratégico y negociación política. Resultado: la “Civil Rights Act” de 1964.

 

¿Cómo se hace la gestión de intereses?

 

Resumamos a continuación “el lobby en cinco pasos”:

 

El capítulo más práctico del libro se puede resumir así:

 

•       Mapeo político: hay que identificar no solo quién decide, sino quién influye en el o los que deciden. El nombre de un ministro no resulta suficiente.

 

•       Mensaje a medida: un diputado de izquierda y uno de derecha pueden votar la misma ley, pero las razones puede que sean diferentes, y tal vez opuestas. Hablarles igual no es una buena idea.

 

•       Coaliciones: nada convence más a un político que ver juntos a actores que normalmente no se soportan. Imaginemos a sindicatos más empresas más ONGs trabajando juntos; equivale a una campaña imposible de ignorar.

 

•       Presión pública: el lobby no ocurre solo en despachos. Un parlamento donde el 70% de la gente apoya algo es un parlamento muy receptivo a ese algo.

 

•       Paciencia estratégica: los cambios que valen se miden en años, no en campañas. El lobista que construye relaciones de confianza tiene ventaja permanente sobre el que aparece cuando necesita un favor.

 

El lobby ya existe en Argentina, lo hacen los poderosos todos los días, y la única pregunta real es si el vecino de Lanús, la ONG de derechos humanos, o el gremio de enfermeros, van a tener herramientas similares para jugar el mismo juego. Por ahora, no las tiene. En definitiva, solo lo saben usar los que no lo necesitan explicar nada a nadie … al menos por ahora.

 

 

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