Cuando tu asunto fracasa en el minuto 15
Por Anna Marra

Imaginemos una película de más de tres horas. Por ejemplo, la pasión de mi hija: Avatar 3. Un gran presupuesto. Un universo visual potente. Personajes complejos. Sabemos que no es una historia ligera: va a requerir tiempo, atención y cierta paciencia. Y, sin embargo, hay algo curioso: en los primeros 15 minutos ya hemos decidido si nos quedamos o no.

 

No porque la trama esté resuelta, sino porque algo esencial ha ocurrido —o no—: una conexión emocional, una promesa de coherencia, la sensación de que alguien sabe adónde nos quiere llevar.

 

La tercera entrega de Avatar juega precisamente con esa tensión: fuego y ceniza, destrucción y reconstrucción, impulsos y consecuencias. Una película tan larga solo funciona si desde el principio se establece un marco sólido: la necesidad, el tono, el conflicto y su promesa de búsqueda de la solución, la relación emocional con los personajes. Una película, para que pueda funcionar, requiere planificación y vínculo.

 

En el fondo, los asuntos legales complejos funcionan igual.

 

El minuto 15: donde se decide todo (aunque no lo parezca)

 

Muchos asuntos legales no fracasan por falta de conocimiento jurídico. Fracasan mucho antes: en los primeros 15 minutos, cuando no se define correctamente qué se va a hacer, cómo, con quién, con qué expectativas y con qué riesgos. En ese momento inicial, en muchos casos informal cuando no debería serlo, se decide gran parte del éxito o del fracaso del proyecto legal, aunque nadie lo llame “proyecto”.

 

La mayoría de los problemas serios de un asunto legal no nacen en la ejecución, sino en su arranque. En esa conversación inicial a veces apresurada no se suele definir del todo:

 

  • qué está realmente en juego,
  • qué riesgos importan y cuáles no,
  • qué espera el cliente (de verdad),
  • quién decide, cuándo y con qué información,
  • o qué significa “éxito” en el caso conreto.

Como en el cine, ese inicio no tiene que resolverlo todo, pero sí crear una lógica interna. Sin ella, el asunto puede avanzar, pero lo hará a trompicones: retrabajo, urgencias artificiales, frustración del cliente y equipos agotados.

 

El Legal Project Management empieza ahí. No con plantillas, ni con herramientas, sino con decisiones conscientes en los primeros minutos. Cuando esto no ocurre, el abogado acaba compensándolo con más horas, más urgencia y más desgaste.

 

¿Qué ocurre por el contrario a menudo? Seguro que lo sabes mejor que yo. En muchos asuntos legales no planificados habrás visto falta de definición de alcance, expectativas no alineadas con el cliente, riesgos no explicitados, roles difusos, plazos “intuitivos” y presupuestos implícitos, pero nunca hablados.

 

Semanas después aparecen los síntomas: correos de “¿en qué punto estamos?”, revisiones que nadie había previsto, urgencias que no lo eran, tensión entre el equipo y el cliente. El problema no es jurídico (esta parte la tienes dominada), sino de diseño inicial.

 

Ese inicio es equivalente a empezar una película sin guion claro: el talento puede ser enorme, pero el resultado será errático. Gestionar un asunto no es abrir un expediente, cuanto más bien tomar decisiones desde el principio.

 

El abogado brillante que fracasa al gestionar

 

Ser brillante como abogado no garantiza ser eficaz como gestor.

 

Muchos abogados técnicamente excelentes fracasan no porque no sepan derecho, sino porque siguen operando como expertos individuales, confunden hacer con gestionar, reaccionan en lugar de diseñar soluciones preventivas y apagan fuegos que ellos mismos no sabían que estaban creando. Hasta que el fuego los consume y transforme todo en ceniza.

 

El salto de abogado experto a socio, director o responsable de despacho (pero lo mismo pvale para los abogados in-house) exige:

 

  • pensar en términos de sistema,
  • diseñar antes de ejecutar,
  • aceptar que el éxito ya no depende solo de su criterio jurídico,
  • y tener claro que planificar es invertir tiempo en el inmediato para ahorrarlo en futuro.

Un abogado brillante que quiere gestionar proyectos y organizaciones necesita ampliar su caja de herramientas. No dejar el derecho, sino complementarlo con otras capacidades clave: pensamiento estructural, para diseñar antes de ejecutar; gestión de expectativas, especialmente con clientes exigentes; priorización real, no todo es igual de urgente ni de importante; comunicación clara, incluso y sobre todo cuando hay incertidumbre; capacidad de decir no, o “no así”, sin romper la relación; y visión de conjunto, para entender el impacto de cada decisión en el sistema.

 

Estas habilidades son las que permiten pasar de apagar fuegos a construir estructuras ignifugas.

 

De hecho, los proyectos legales rara vez “explotan”, por eso no nos preocupamos de la gestión y nos engañamos pensando que lo tenemos todo controlado. No nos damos cuenta que en cambio se deterioran poco a poco: retrasos, retrabajo, frustración del cliente, tensión interna. ¿Te suena?

 

El LPM no elimina la complejidad jurídica, pero resuelve la dificultad organizativa y permite decidir con información (y no con intuición como probablemente ocurre en muchos casos).

 

El gran malentendido: velocidad vs previsibilidad

 

Vivimos obsesionados con la rapidez, pero la rapidez sin gestión no es eficiencia, solo es ruido. El cliente no quiere una película acelerada sin sentido. Quiere previsibilidad. Quiere saber que la historia tiene estructura, que los giros no son improvisados y que alguien está cuidando el conjunto. Si es así, ni se da cuenta de las 3 horas y cuarto de película, sino sale de la sala contento y motivado.

 

Dedicar tiempo al inicio —definir, alinear, planificar— permite que el resto del asunto fluya mejor. La mala gestión acelera al principio y pierde tiempo después, mientras la gestión del proyecto apuesta por la calma en la fase del entendimiento del problema y definición del alcance, es decir en la planificación del caso, ahorrando luego en la ejecución, porque evita ineficiencias, duplicaciones, ida y vueltas o malentendidos.

 

Si los abogados dedicáramos más tiempo a la planificación, muchos asuntos no necesitarían después heroicidades. En derecho, como en el cine, una buena historia casi siempre se decide en los primeros 15 minutos.

 

 

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